Nacida en Sevilla, de madre holandesa y padre catalán, creció en un barco de veintidós metros de eslora navegando por el Mediterráneo y actualmente tiene su estudio en un palacio del sigloXV, en la meseta de Lleida (Urgell) a 100km de Barcelona. Coged aire porque Julia va a lo suyo.

Cada vez que voy a su estudio de Cal Paguera, en Anglesola –antiguo palacio de los marqueses de Castellvell- tengo la sensación de adentrarme en el País de las Maravillas.

A lo mejor se debe por el aire cargado de historias que almacena este casoplón medieval o quizás – creo que es por esto- el malicioso sonreír de esta artista total que me recibe con una botella de Martini Rosso encima de la escalera de piedra que da entrada a su espacio de trabajo.

Julia es pintora desde el día que nació. Lo suyo es vocación, necesidad y, según dice, nunca he pensado hacer otra cosa. De momento no ha fallado a su palabra.

En los muros cuelga parte de su obra, su temática, lenguaje, técnica y cromatismo son de una coherencia inaudita en alguien tan joven. Sus personajes transitan entre languidez y felicidad de su mágico mundo, ya sea la chica que flota en una piscina en una escena de calma veraniega, las series de retratos, los niños que juegan cerca del mar, sus minuciosos estudios sobre caballos o las escenas de ingeniería donde grupos de hombres bien vestidos controlan el traslado de camiones mediante inmensas grúas. Toda su obra respira cohesión y principios.

Como base emplea tejidos estampados con unos diseños que salen a la superficie en todas las pinturas, dotando a los personajes de una irrealidad muy especial.

(Entrevista de Joaquim Zamacois)